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OpEd Secretario General – Alianza de Inversores

  • Posted by: CinuCOL2018

Alrededor del mundo, la gente está saliendo a las calles para protestar el encarecimiento de la vida y las injusticias, ya sean reales o percibidas. Creen que la economía, tal como está planteada, no les favorece y, en algunos casos, tienen razón. El singular enfoque en el crecimiento, sin importar su verdadero costo y sus consecuencias, está dando lugar a una catástrofe climática, a la pérdida de confianza en las instituciones y a la falta de fe en el futuro.

El sector privado es un factor esencial para solucionar estos problemas. Muchas empresas ya cooperan estrechamente con las Naciones Unidas para ayudar a crear un futuro más estable y equitativo basado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Todos los dirigentes del mundo acordaron estos 17 objetivos mundiales en 2015 para tratar de resolver problemas como la pobreza, la desigualdad, la crisis climática, la degradación ambiental, la paz y la justicia, fijándose como plazo el año 2030.

En los cuatro años que han transcurrido desde que se adoptaron los objetivos se han realizado avances. La pobreza extrema y la mortalidad infantil están disminuyendo, a la vez que mejora el acceso a la energía y a trabajos decentes. No obstante, en términos generales, estamos lejos de alcanzar lo que acordamos. El hambre está aumentando, la mitad de la población mundial carece de educación básica y servicios esenciales de salud, y las mujeres se encuentran en situación de discriminación y desventaja en todas partes.

Una de las razones que explican este vacilante progreso es la falta de financiación. Los recursos públicos de los gobiernos no bastan para costear la erradicación de la pobreza, mejorar la educación de las niñas y mitigar el impacto del cambio climático.  Hace falta que la inversión privada supla las carencias y por eso, las Naciones Unidas están colaborando con el sector financiero. El mundo de la empresa y las finanzas y su relación con el sector público se encuentran en un momento crítico.

En primer lugar, las empresas necesitan programas de inversión a largo plazo que estén al servicio de la sociedad, no solamente de sus accionistas. Ya se están viendo ejemplos de ello: algunos grandes fondos de pensiones están apartando los combustibles fósiles de sus carteras y más de 130 bancos con 47 billones de dólares en activos se han adherido a los Principios de Banca Responsable definidos en colaboración con las Naciones Unidas. Se trata de un compromiso sin precedentes con unas estrategias empresariales de acuerdo a los objetivos mundiales, con las disposiciones del Acuerdo de París de 2015 para impedir que aumente la temperatura global y con unas prácticas bancarias capaces de generar una prosperidad compartida. Insto a todas las instituciones financieras a que se sumen a esta transformación.

En segundo lugar, estamos buscando nuevas maneras de que el sector privado invierta en un crecimiento y un desarrollo sostenibles. En el mes de octubre, 30 dirigentes de diversas multinacionales pusieron en marcha la Alianza Mundial de Inversionistas para el Desarrollo Sostenible en las Naciones Unidas. Entre quienes se han comprometido públicamente a actuar como agentes de cambio en sus propias empresas y de modo general se encuentran algunos de los principales ejecutivos de Allianz y la Bolsa de Valores de Johannesburgo, que ya apuestan por realizar importantes inversiones en infraestructuras sostenibles, tales como proyectos de energía limpia y accesible en África, Asia y América Latina, y por utilizar innovadores instrumentos financieros para movilizar miles de millones de dólares en apoyo de la seguridad alimentaria y las energías renovables. Ahora asumirán un mayor papel, si cabe, en la canalización de fondos para el desarrollo sostenible casando las oportunidades existentes con los inversores.

Espero que todos los dirigentes empresariales sigan su ejemplo e inviertan en la economía del futuro, generadora de un crecimiento limpio y ecológico que ofrezca empleos decentes y mejore la vida de las personas a largo plazo. Para conseguir los billones de dólares necesarios que nos permitan cumplir los objetivos mundiales, las empresas deben ir más lejos y avanzar más rápido.

En tercer lugar, exhortamos a los dirigentes empresariales a que, además de invertir, abanderen un cambio de las políticas. Muchas empresas ya están mostrando el camino. Desde el punto de vista de los negocios, la sostenibilidad es una apuesta acertada. Los propios consumidores lo están pidiendo. Un inversor calificó las finanzas sostenibles de “megatendencia”. Sin embargo, la financiación privada lucha a menudo contra las subvenciones a los combustibles fósiles que distorsionan el mercado y contra los intereses arraigados que favorecen el statu quo. Algunos grandes inversores, como Aviva, advierten de que las subvenciones a los combustibles fósiles pueden hacer que ciertas industrias clave pierdan competitividad, también en una economía con bajas emisiones de carbono. Los gobiernos van a la zaga y se muestran reacios a cambiar unos marcos regulatorios y normativos y unos sistemas impositivos que se han quedado obsoletos. Los ciclos trimestrales de presentación de cuentas desincentivan las inversiones a largo plazo. Las obligaciones fiduciarias de los inversores se deben repensar para que tengan en cuenta consideraciones más generales en materia de sostenibilidad.

Es preciso que los dirigentes empresariales empleen su enorme influencia en apoyo de un crecimiento y unas oportunidades inclusivas. Ninguna empresa se puede permitir no hacerlo y todos los objetivos mundiales pueden salir favorecidos con la inversión del sector privado.

Invertir en un desarrollo sostenible y equitativo no solo es un imperativo ético, sino también un buen negocio. El liderazgo de las empresas puede marcar verdaderamente la diferencia a la hora de crear un futuro de paz, estabilidad y prosperidad en un planeta sano.

SG OpEd – Investors’ Alliance

People around the world are taking to the streets to protest against rising living costs and real or perceived injustice. They feel the economy is not working for them — and in some cases, they are right. A narrow focus on growth, regardless of its true cost and consequences, is leading to climate catastrophe, a loss of trust in institutions and a lack of faith in the future.

The private sector is a critical part of solving these problems. Businesses are already working closely with the UN to help build a more stable and equitable future, based on the Sustainable Development Goals. The 17 global goals were agreed by all world leaders in 2015 to address challenges including poverty, inequality, the climate crisis, environmental degradation, peace and justice, by a deadline of 2030.

There has been some progress in the four years since the global goals were adopted. Extreme poverty and child mortality are falling; access to energy and decent work are growing. But overall, we are seriously off-track. Hunger is rising; half the world’s people lack basic education and essential healthcare; women face discrimination and disadvantage everywhere.

One reason for the faltering progress is the lack of financing. Public resources from governments are simply not enough to fund the eradication of poverty, improve the education of girls and mitigate the impact of climate change. We need private investment to fill the gap, so the UN is working with the financial sector. This is a critical moment for business and finance, and their relationship with public policy.

First, businesses need long-term investment policies that serve society, not just shareholders. This is starting to happen — some major pension funds are cutting fossil fuels from their portfolios. And more than 130 banks with $47tn in assets have signed up to the Principles for Responsible Banking, designed in collaboration with the UN. They represent an unprecedented commitment to business strategies that align with the global goals, the 2015 Paris Agreement to prevent global temperatures from rising, and banking practices that create shared prosperity. I urge all financial institutions to sign up to this transformation.

Second, we are finding new ways for the private sector to invest in sustainable growth and development. In October, 30 leaders of multinational companies launched the Global Investors for Sustainable Development Alliance at the UN. Top executives at Allianz and the Johannesburg Stock Exchange are among those who have publicly committed to acting as agents of change in their own companies and more widely. They are all already backing major sustainable infrastructure investments including clean, accessible energy projects in Africa, Asia and Latin America and the use of innovative financial instruments to mobilise billions of dollars for food security and renewable energy. They will now take on an even bigger role in channelling capital towards sustainable development, matching opportunities with investors.

I hope all business leaders follow their lead, investing in the economy of the future: clean, green growth that provides decent jobs and improves people’s lives for the long-term. Business must move further and faster if we are to raise the trillions of dollars required to meet the global goals.

Third, we call on business leaders to go beyond investment and push for policy change. In many cases, companies are already leading the way. Sustainability makes good business sense. Consumers themselves are exerting pressure. One investor described sustainable finance as a “megatrend”. But private finance is often battling subsidies for fossil fuel that distort the market and entrenched interests that favour the status quo. Major investors including Aviva warn that subsidies for fossil fuels could decrease the competitiveness of key industries, including in the low carbon economy. Governments lag behind, reluctant to change outdated regulatory and policy frameworks and tax systems. Quarterly reporting cycles discourage long-term investment. Fiduciary duties of investors need updating to include broader sustainability considerations.

We need business leaders to use their enormous influence to push for inclusive growth and opportunities. No one business can afford to ignore this effort, and there is no global goal that cannot benefit from private sector investment.

It is both good ethics and good business to invest in sustainable, equitable development. Corporate leadership can make all the difference to creating a future of peace, stability and prosperity on a healthy planet.

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